Publicado por Silvana Vignale  

Publicado como: Vignale, S. "Filosofía en una lectura-escritura experiencia". En: La enseñanza de la Filosofía: teoría y experiencias / compilado por Alejandro Cerletti y Ana Claudia Couló. - 1a ed. - Buenos Aires: Editorial de la Facultad de Filosofía y Letras. Universidad de Buenos Aires, 2009. ISBN 978-987-1450-58-9

Introducción

¿Podemos un otro filosofar, que tome distancia de la escritura tradicional filosófica basada en la argumentación? ¿Podemos aún filosofar despojándonos de la sombra que acompaña los fundamentos? ¿Se puede enseñar filosofía sin explicar, sin demostrar? ¿Cómo será la lectura y la escritura de esta filosofía?

Una filosofía que hace de su lectura y escritura una experiencia y no una verdad, se inscribe en otra lógica del discurso, no en la figura arquitectónica y edificante de lo que fija el sentido, de lo posible que se hace real a partir del principio de causa y efecto, sino a partir de la metáfora del paseo benjaminiana que da lugar a la apertura de sentidos, y a la transformación de lo real a lo posible.

Pensamos una escritura entre lo dicho y lo no dicho, ente la palabra y el silencio, una escritura de ese “entre”. Una filosofía que se inscriba como “pensar tensional”, que no se resuelva en la lógica demostrativa, sino que se dirija a una subjetividad entendida a partir de la diferencia, que habite el juego de fuerzas que la forma, la deforma y la transforma. Una escritura desapropiada de la propia mismidad que se abra a lo otro. Una filosofía del “entre” es la morada provisoria en lo extraño y de lo extraño (en uno).

Proponemos en esta comunicación un posible vínculo ente la lectura-escritura experiencia de la filosofía y su enseñanza, como modo de relación con el saber filosófico.


1. “Explicación” y primera aproximación a una escritura del “entre”


Acostumbrados a relacionarnos con los textos como verdad, esperamos de ellos una revelación, y de nosotros mismos, la comprensión total de aquello que dice. Pretendemos párrafo a párrafo, línea a línea, totalizar racionalmente su sentido, comprenderlo absolutamente, que nada se no se escape. Vigilar la escritura. Controlar las palabras. Orientarnos en el pensamiento; pero esta relación no hace más que detener su fuerza, restringirlo, encauzarlo, delimitarlo. Estas mismas condiciones pueden exigirse al enseñar filosofía. Pero nuestra relación con la filosofía, nuestra lectura y escritura, requieren otro aprendizaje. No esperar nada del texto, no esperar nada de nosotros. Lo que nos dice (lo que nos da que pensar) y lo que no (aquello que escapa a nuestra compresión) se ponen en tensión. Proponemos como modo de relación con la filosofía para su enseñanza, el leer y escribir como un “escuchar”. No leer sólo para repetir lo que el texto dice, no escribir para dar cuenta de lo leído. Sino dejar que las palabras nos atraviesen, despierten otros sentidos, nos dejen un silencio. Dejar que las palabras se nos acerquen y se hagan sonar como notas musicales; dejarse, abandonarse a la palabra sin esperar que nos explique. El abandono a la palabra es enfrentarse al acontecer sin formas apriorísticas para formar, develar o controlar lo real.

El ensayo, como escritura de la filosofía, escapa a la lógica totalizadora de la explicación y a la omnicomprensión de aquello que dice. No se relaciona con la escritura como verdad, sino como experiencia. Hablar de la escritura nos llama también a hablar de la lectura. Puesto que cuando decimos que la escritura de la filosofía soslaya la lógica totalitaria del “¡aprende de mi, que poseo el saber!”, no se trata solamente de una “escritura-experiencia”, sino también de una “lectura-experiencia”. Este trabajo será un vaivén entre lectura-escritura. Porque cada escritura está atravesada por las propias lecturas, y por tanto, por las escrituras de otros.

En una tierra milenaria, acabada de memoria, el búho de Minerva alza su vuelo al atardecer. Entre sus patas se lleva lo sido para colmar de historias la noche que se alza, mientras un viejo expira. En ese mismo instante, en las antípodas de la redondez de esa tierra, que es otra y la misma, un pájaro canta al amanecer y un águila dedica su vuelo en el abismo de las alturas, sospechando ya de la objetividad y con un sentido de la historia favorable a la vida y a la creación de futuros. Abre los ojos y los pulmones un niño, que acaba de nacer.

Y en los dos momentos del mundo, medianoche y mediodía, se vuelve un primer movimiento: cuando por primera vez el niño insufla el devenir en sus pulmones: lo hiere y quema ese primer halito que, a la vez, le da la vida. Así aprende a jugar y a lanzar los dados.

¿Quién es el autor de este texto? ¿Soy “yo”? ¿Es Nietzsche? ¿Se trata entonces de un plagio, de una mera copia de originales, de un “aparentar ser” lo que no se “es”? En todo caso, podemos pensar que este texto fue escrito entre Nietzcshe y yo – algo que nombro como yo-, o mejor, entre su escritura y la mía. Se trata de un texto escrito entre dos o más escrituras. Posiblemente, para otros, pueda ser leído a partir de dos o más lecturas.

Tal vez esto nos plantee algunas preguntas en relación a la cuestión de la subjetividad e individualidad. Pero además, plantea el asunto de que creemos ser los poseedores de “nuestras” palabras. Pero resulta ser que nuestra escritura es siempre la escritura de otros, a otros y con otros. Cada vez que escribimos compartimos nuestras palabras con otras escrituras y otras lecturas, y nos reinventamos cada vez en ellas –que no son propiamente “nuestras”, sino de todos y de nadie. Escribir, como leer, es una experiencia. Nos transforma. No somos los mismos después de leer aquello que nos dio que pensar, que nos obligó a nuevos sentidos, que nos dejó impávidos como gritos de asombro. Que nos hizo sonreír y sonreírnos a nosotros mismos, que nos crispó la piel, mientras aquello leído se nos volvió cuerpo. Escribir, como leer, es un acontecimiento, que se da "entre" algo y nosotros, pero no podemos adjudicárnoslo, apropiárnoslo, identificarlo con nosotros. Tiene que ver con nosotros, sí, pero no es nosotros. Escribir es una experiencia, como sólo podría ponerle palabras Foucault en la Introducción a La arqueología del saber, cuando imagina su respuesta a la hipotética pregunta de un crítico, que sería formulada de esta manera:

"- ¿No está usted seguro de lo que dice? ¿Va usted de nuevo a cambiar, a desplazarse en relación con las preguntas que se le hacen, a decir que las objeciones no apuntan realmente al lugar en que usted se pronuncia? ¿Se prepara usted a decir una vez más que nunca ha sido usted lo que se le reprocha ser? Se está preparando ya la salida que en su próximo libro le permitirá resurgir en otro lugar y hacer burla como la está haciendo ahora:"No, no, no estoy donde ustedes tratan de descubrirme sino aquí, de donde los miro, riendo".
A lo que Foucault, respondería:

- ¡Cómo! ¿Se imaginan ustedes que me tomaría el trabajo y tanto placer al escribir, y creen que me obstinaría, si no preparara -con mano un tanto febril- el laberinto por el que aventurarme, con mi propósito por delante, abriéndole subterráneos, sepultándolo lejos de sí mismo, buscándole desplomes que resuman y deformen su recorrido, laberinto donde perderme y aparecer finalmente a unos ojos que jamás volveré a encontrar? Más de uno, como yo sin duda, escriben para perder el rostro. No me pegunten quién soy, ni me pidan que permanezca invariable: es una moral de estado civil la que rige nuestra documentación. Que nos deje en paz cuando se trata de escribir. (FOUCAULT, Michel; 2004: 28-29).

Foucault escribe para perder el rostro. Pero a menudo cuando se lee, se lee no para perder, sino para encontrar: encontrar lo que estaba perdido, encontrar lo que se está buscando –lo cual significa sólo que se busca algo que de antemano sabemos lo que es-, o sencillamente encontrar-se. Se suele buscar en las lecturas filosóficas la revelación de algo que todavía no hemos visto, o algo que explique aquello que uno ya piensa; se espera que aquello que se lee pueda, al menos, darnos una explicación razonable que, de algún modo, nos dejen tranquilos respecto de algo que creemos no saber.

Jacques Rancière sostiene que la lógica de la explicación –aquella que anima escritos en los cuales se sostienen tesis, a partir de argumentos que les dan cada vez más valor de verdad-, está basada en un mítico principio jerárquico, la explicación. Explicar algo a alguien es demostrarle que no puede comprenderlo por sí mismo (RANCIÈRE, Jacques; 2007: 21). Pero la explicación es el mito de la pedagogía, puesto que es el explicador quien necesita del incapaz y lo constituye como tal. Este mito hace existir dos tipos de inteligencias: las superiores y las inferiores. El mito pedagógico, “para comprender necesitamos de una explicación” se trata de un mito que se asienta en principios totalitarios: les hace creer a aquellos que pudieron aprender la lengua materna y fluir en el pensamiento sin maestros explicadores, que ahora, sólo pueden comprender a partir de una explicación brindada por una “inteligencia superior”; les hacen creer que nada comprenderán sin alguien que les explique.

Acostumbrados a una filosofía argumentativa, basada en una lógica causística, tal vez nos resultan extrañas las siguientes preguntas: ¿Podemos un otro filosofar, que tome distancia de la escritura tradicional filosófica basada en la argumentación? ¿Podemos aún filosofar despojándonos de la sombra que acompaña los fundamentos? ¿Se puede enseñar filosofía, y aún más, se puede filosofar sin explicar, sin demostrar? ¿Cómo será la escritura de esta filosofía?


2. La metáfora del paseo para una filosofía laberíntica


De lo que estamos seguras es que tanto una “escritura-experiencia” como una “lectura-experiencia” no procuran ir a buscar algo que se dejó escondido, ni una pretendida verdad que ha quedado oculta para unos pocos. No es un “conocerse a sí mismo”, un “encontrar-se”, un “reconocerse”. Una “escritura-experiencia” o una “lectura-experiencia” ponen en cuestión aquello que tenemos por cierto. Por eso no se trata tanto de encontrarnos como de perdernos; de distanciarse de lo que se piensa hasta ese momento, hacer el ejercicio de criticar o cuestionar el propio pensamiento para saber hasta dónde se puede pensar distinto de como se piensa. A esto se refiere Foucault cuando dice “Más de uno, como yo sin duda, escriben para perder el rostro. No me pegunten quién soy, ni me pidan que permanezca invariable”. Parecería decir: des-encontrarnos. Des-conocernos. Pedernos. Des-sujetarnos. A partir del encuentro con los otros y con lo otro. En el diálogo, en el cruce de fuerzas, en un “entre” nosotros y las cosas que no quede definido por la relación sujeto-objeto. O sujeto-verdad.

Quizás haya quienes todavía entren para encontrar, pero los laberintos son para perderse. Preparar el laberinto por el que aventurarse es entrar en una lógica diferente a la lógica explicadora: se trata de una escritura que se anima a un camino que no conoce, a ensayar con las palabras, a decir algo que todavía no se sabe que será. Una escritura de la filosofía cuya lógica laberíntica nos transporte a otro modo de relacionarnos con el lenguaje: in-fantes, nutridos por la novedad del acontecimiento, aprendiendo cada vez el lenguaje para decir aquello que acontece. Escapar así a la lógica de la repetición.

Una metáfora interesante para pensar una lógica laberíntica nos la ofrece Miguel Morey, en su ensayo titulado Kantspromenade, invitación a la lectura de Walter Benjamin. Al igual que el caminante en Nietzsche, Morey sugiere que en Benjamin el paseo es la metáfora misma de la experiencia. Intentemos pensar una escritura filosófica como un paseo, una escritura-experiencia a partir de esta metáfora.

El paseo implica un modo específico de relación entre el recuerdo, la atención y la imaginación; es una exaltación del presente y Benjamin lo propone como método para una experiencia de lo real, algo como un ethos frente a lo real, que se vuelve régimen de relación de uno mismo con uno mismo. ¿En qué consistiría ese método para la experiencia de lo real? En sabernos de paso, transitorios, andantes, transformándonos en otros. Habitar cada paso que damos, con un horizonte que no es una meta sino un paisaje. En el pasar que se sabe de paso, no hay definiciones que nos delimiten un mundo, sino, por el contrario, la apertura de mundos y de las posibilidades que habitamos. Se abre la experiencia del cuerpo y la de las palabras, el atravesar y dejarse atravesar por una diferencia, hasta ya no ser quien se era. Entre nosotros y el mundo, la intimidad de este paseo. Como modo de existir. Con las máscaras y rostros que nos tomen, porque ¿podemos aún decir que somos uno y los mismos? Pensar el paseo como el estar parados en lo que cambia.

Se trata de un método de quien está y se sabe de paso, opuesto al método arquitectónico que es espacial y estático. El ideal arquitectónico pretende edificar, es decir apoyarse en fundamentos. Toda pretensión arquitectónica tiene por base una pre-visión de lo que se quiere: el arte de la política en La República de Platón busca hacer realidad a la ciudad ideal. En todo ideal edificante se halla la lógica de hacer pasar lo posible a real, el ser al deber ser. La propia lógica explicadora transita ese paso de lo posible a lo real, que no consistiría más que en encontrar lo que se está buscando, o lograr imprimir una determinada forma a la “materia bruta” –¡y cuánto más bruta se vuelve “la materia” al pensarla como incapaz de comprender sino por medio de la explicación!-.

Por el contrario, el método del paseante, para decirlo como Morey, implica una otra lógica que pretende restaurar la dignidad de la experiencia. Esto requiere, primero, la ausencia de intencionalidad, -que sí está presente en el plan arquitectónico que pretende edificar, en términos filosóficos, “orientarse en el pensamiento”, sin perderse, teniendo el pensamiento bajo control-. En segundo lugar, siguiendo a Morey, el perderse tiene que ver con aquel paseo que es siempre un primer paseo, por tanto también con la novedad de un pensamiento mientras se encuentra con lo impensado. En tercer lugar, implica una voluntad atenta a romper con toda voluntad de reconocimiento y con la apertura a la posibilidad del encuentro. Si pasear es romper con la posibilidad del proyecto, es porque en él se busca lo que no se espera. Se trata de la captura del instante o de los rostros del instante, que atestiguan lo que no pertenece a la representación (a esto llama Benjamin la “experiencia del aura”).

Tomando esta metáfora del paseo para una “escritura-experiencia”, ésta no pretendería desplegar argumentativamente, una tesis que debe sostenerse como verdad, que debe “guiarnos” en el laberinto, sino por el contrario, nos animaría a dar pasos sin saber muy bien a dónde estamos yendo con ellos. En una escritura-experiencia se sale al encuentro de lo nuevo, de lo desconocido, y en la propia tensión entre las palabras que usamos para nombrar las cosas conocidas, con aquello nuevo que aparece, se encuentra la magia del lenguaje. Implica un animarnos a ser otros de los que somos. A salirnos de nuestras casillas. A ponernos en juego a nosotros mismos. Así, una escritura-experiencia sólo puede escribir en la extremidad de su saber, en el filo del lenguaje. Deleuze lo dice de esta manera:

¿Cómo hacer para escribir si no es sobre lo que no se sabe, o lo que se sabe mal? Es acerca de esto, necesariamente, que imaginamos tener algo que decir. Sólo escribimos en la extremidad de nuestro saber, en ese punto extremo que separa nuestro saber y nuestra ignorancia, y que hace pasar el uno dentro de la otra. Sólo así nos decidimos a escribir. Colmar la ignorancia es postergar la escritura para mañana, o más bien volverla imposible. Tal vez la escritura mantenga con el silencio una relación mucho más amenazante que la que se dice mantiene con la muerte. (DELEUZE, Gilles; 2002: 18).
Escribir sobre lo que no se sabe. No para encontrarse, sino para perderse. Para saber hasta dónde es posible pensar distinto de cómo se piensa. “¿qué es la filosofía hoy, -dice Foucault-, -quiero decir la actividad filosófica- si no el trabajo crítico del pensamiento sobre sí mismo? ¿Y si no consiste en vez de legitimar lo que ya se sabe, en emprender el saber cómo y hasta dónde sería posible pensar distinto? (FOUCAULT, Michel: 1986, 11).

La tarea crítica de la filosofía consiste así en hacer aflorar los pensamientos que animan nuestras acciones, nuestras instituciones, nuestros modos de relación con los otros, para cuestionarlos. Lejos de explicar las razones por las cuales pensamos como pensamos, o hacemos lo que hacemos, una escritura-experiencia y una lectura-experiencia nos colocan en el abismo que somos para nosotros mismos: sabernos de paso y pasando impiden que nuestra tarea consista en legitimar lo que ya sabemos. Nos invitan a ser testigos del devenir del pensamiento, a que nuestras verdades sean siempre verdades en tránsito, y que el modo a través del cual nos relacionemos con ellas sea el de la narratividad. Una escritura que cuenta un devenir, un pasar, un tránsito. Que se hace sobre la marcha, que camina con los pies de las palabras que se van escribiendo. Que nos inventan cada vez en ese caminar, que nos constituyen cada vez en nuestro decir.


3. La escritura de un pensar laberíntico: entre nos-otros


Una escritura-experiencia de la filosofía, que podemos inscribir en una lógica laberíntica y que no espera encontrar, sino perder el rostro, es una escritura que se instituye a partir de la diferencia, del principio de alteridad. Una enseñanza de la filosofía que se relacione con su lectura y escritura tal como lo hemos señalado, supone una interpelación. Pues se trata de una filosofía tensional, en tanto su escritura se crea entre lo que se sabe y lo que no. Entre quien se es y lo otro que somos. Entre la interioridad y lo extraño. Las cosas, el mundo, los otros, hablan siempre una lengua diferente. Perder el rostro manifiesta esa tensión entre lo uno y lo otro, ese paseo de una filosofía tensional que hace de su escritura su carácter: en sus palabras tiene que quedar la huella del habitar de lo extraño en uno, la diferencia que se hace cuerpo, la discontinuidad respecto de nuestra mismidad.

Frente a la imagen de un pensamiento cuya lógica se reduce a la racionalidad argumentativa, nos preguntábamos si era posible otro filosofar, que no concluya en definiciones últimas, sino que por el contrario, abra el juego a nuevos posibles, un pensar que se constituya a partir del acontecimiento, y que las verdades a las que arribe sean pensadas siempre como verdades en tránsito. Singulares. Para este pensar laberíntico, y para una escritura de este pensar se nos presenta también una subjetividad otra; no aquella que resulta garante del conocimiento (“en tanto me conozco a mí mismo, puedo conocer las cosas”, ya que no esperamos encontrarnos, sino perdernos). Una subjetividad entendida a partir de la diferencia, que more y afirme el juego de fuerzas que la forma, la deforma y la transforma. Que se “abandone”, soltando las certezas sobre las que reposa; entregarse a las fuerzas del acontecer, y posicionarse otra vez respecto de ellas. Habitar en el “entre” nosotros y los otros; en un nos-otros: en tanto nos habita la diferencia, en tanto somos siempre otros para nosotros mismos en el devenir de nuestro pensamiento. Del mismo modo, habitar el “entre” del enseñar y aprender, romper con el mito pedagógico que supone la explicación como método garante del saber.

Así volvemos sobre lo que dijimos al comienzo cuando planteábamos que una escritura-experiencia es siempre una escritura a otros, de otros y con otros; en la medida en que se da a partir de un diálogo con la alteridad. Una escritura-experiencia es un encuentro de diferencias que no se reduce a ninguna de ellas, ni es síntesis de contrarios, sino lo nuevo que desde allí mana. Lejos de fijar sentidos, al modo arquitectónico, se trata de una escritura que permite la generación de nuevos sentidos, que se instituye a partir del continuo movimiento del pensar. Es un pasar de sentidos a nuevos sentidos, y en este pasar la subjetividad se crea y recrea. Una escritura-experiencia posibilita figuras provisorias de la identidad, múltiples rostros que se van transformando a partir de las diferencias que se establecen consigo mismas en ese “abandono” al movimiento de un pensar no totalizante.

Invierte la relación de lo posible y lo real. Hace posible lo real. Una lectura-escritura experiencia no busca legitimar lo que sabe a través de su lógica explicadora, en el intento de hacer real lo posible o un deber-ser; sino por el contrario, que lo real se haga posible. Tomar la realidad como punto de partida y abrir posibilidades, nuevos horizontes, no los previstos, puesto que no estamos buscando orientarnos en el pensamiento como cuando recorremos una ciudad con un mapa. Afirmar lo posible implica afirmarlo como enigma y como tránsito, como azar y como escucha. Como invención. Como encuentro.

La experiencia que va lo real a lo posible instaura nuevos órdenes, nuevas relaciones con los mapas, nuevas formas de jugar. Julio Cortázar en su Rayuela describía el juego entre la Maga y Oliveira diciendo en boca de este último: “Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”. También podemos decirlo como Benjamín cuando escribe: «Importa poco no saber orientarse en un ciudad. Perderse, en cambio, en una ciudad como quien se pierde en el bosque, requiere un aprendizaje» (Cfr. Infancia en Berlín). Picasso lo dijo así: “Yo no busco, encuentro”. Por último, podemos decirlo con Miguel Morey: “Si pasear es un proyecto por medio del cual se rompe con el mundo del proyecto es porque en él se busca lo que no se espera –se sale al encuentro de aquello que sólo cuando se encuentra se sabe que se estaba buscando.”

Bibliografía

DELEUZE, Gilles. Diferencia y repetición. Buenos Aires, Amorrortu, 2002.
FOUCAULT, Michel. La arqueología del saber. Buenos Aires, Siglo XXI, 2004.
FOUCAULT, Michel. Foucault, historia de la sexualidad v. 2: El uso de los placeres. México, Siglo XXI, 1986.
MOREY, M. Kantspromenade, invitación a la lectura de Walter Benjamin. Barcelona, La Central, 2004.
RANCIÈRE, Jacques. El maestro ignorante. Buenos Aires, Libros del Zorzal, 207.


 
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